Gente con cianuro

domingo, 16 de junio de 2013

La isla desierta. Capítulo 7.

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Capítulo 8



Era una noche calurosa cuando el teléfono sonó y sonó sin parar. Siempre que iba a cogerlo un silencio perturbador provenía de la otra línea. Estaba desesperado. Desenchufé el teléfono fijo y me concentré de nuevo en la televisión. "Una basura de programa" pensé, pero lo seguí viendo.
Ya bien entrada la madrugada y cuando lo único que iluminaban las calles eran las farolas me metí en mi cama deseando descansar, pero un ruido me lo impidió.
El teléfono estaba sonando otra vez. Maldito cacharro. Había estado sonando todo el día pero no lo había cogido. Al final lo descolgué...
Escuché un jadeo. Un jadeo y un grito espeluznante que venían acompañado de unas palabras al filo de la muerte.
-No me dejes aquí, rescatarme... Ayudarme... -decía aterrada una voz femenina.
Luego sonó un disparo, o varios. No lo supe muy bien.
Yo había sido el testigo de un asesinato y debía de hacerlo saber a la policía, claro que nada era lo que creía. Tenía que hacerlo pero me dormí, o intenté hacerlo. 

Tuve pesadillas y me desperté a la mañana siguiente con fiebre y un fuerte dolor de cabeza. El costado me escocía y me picaba más de lo que podía soportar. Miré y tenía un corte sin cerrar. No era demasiado profundo pero me asusté y me levanté de la cama. No me podía explicar como yo tenía un corte ahí...
Caminé escasos metros y llegué al salón donde había un cadáver. Grité, chillé, y después me quedé en silencio. El silencio era brutal.

El cadáver pertenecía a una chica joven con una larga melena morena y a la que le habían provocado innumerables cortes por todo su cuerpo. El corte más grande era en el costado, me asusté. Tenía que llamar a la policía, pero no tenía móvil porque viajaba sin él, prefería el fijo porque así no lo podía llevar a cualquier parte y podría huir del estrés, pero el teléfono fijo estaba roto, más bien aplastado y encima de la muerta.
Me acerqué un poco y había una nota clavada con un alfiler en la frente de la joven y pese a que tenía un aspecto horrible por los cortes y toda la sangre, estaba seguro de que antes de que la hubiesen matado había sido bastante hermosa. La nota clavada en la frente ponía "Eres el siguiente". Me puse a temblar, había reconocido el rostro de la asesinada y estaba seguro de que era la misma que ayer me había llamado pidiendo ayuda.

No tuve ni tan siquiera unos segundos para digerir la noticia de la nota cuando noté la sensación fría y helada del cañón de una pistola en la sien.

-Puedes realizar una última llamada. Evidentemente a quién yo diga. -dijo la voz grave de hombre que por alguna razón ya había escuchado anteriormente.
No pude articular ninguna palabra. Me dio un móvil y me dí cuenta de que llamaba a su próxima victima. Tal y como aquella joven había hecho. Mi llamada se emitió en directo en el programa de televisión más visto de las mañanas aunque eso yo no lo sabía. En este caso no llamaba a la siguiente victima, llamaba a un magazine matinal.
-Quiero vivir. -grité sin apenas fuerzas al programa televisivo. Las piernas me temblaban y las manos me sudaban. Luego me pasó un papel con una frase apuntada para que lo leyera.
-¿Queréis salvarme? -y justo en ese momento el tipo me quitó el móvil, colgó y la llamada y lo apagó. Luego tiró la tarjeta en un vaso de agua.
-Despídete de este mundo, porque tienes 12 horas de libertad. Eres un afortunado. -dijo ese hombre.
-Va... Vale... -contesté yo.
Me tiró de mi casa apuntándome con el arma. No me giré para no sentir el hielo y el fuego en su mirada.
Corrí cuanto pude pero no había previsto algo. Estaba aislado y no podía salir de allí. Estaba rodeado de agua, sin móvil y sin barco pues era el único medio de transporte para llegar ahí. El que pretendía asesinarme lo había hundido.
Tenia que esconderme y... pronto. Mi vida tenia las horas contadas. Tic-tac-tic-tac sonaba en mi cabeza y cada vez más rápido.
En estos momentos odiaba ser un guapo multimillonario que se podía permitir el lujo de visitar la casa que poseía en una isla desierta de Noruega. Esa casa era un capricho al alcance de muy pocos.
Una pesadilla reservada a mi destino. 

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